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viernes, 10 de junio de 2011

PO- SOR - JA


En la lengua de los Indígenas que habitaban este popular balneario a seis horas de Guayaquil, Posórja significa "espuma de mar". Así habían bautizado a una hermosa joven cuya misteriosa historia se regaba por las tierras vírgenes de lo que hoy es el Ecuador. Años antes de que los Incas, en su afán de conquistas, invadieran los pequeños pueblos ribereños, las tribus que habitaban estas tierras .tenían frecuentes peleas con los beli­cosos indios puneños.
Día y noche custodiaban la costa los guardias, listos para dar la señal de alarma.
Después de un día esplendoroso ya el Padre Inti descendía majestuoso al ocaso, cuando los vigías descubrieron que una pequeña embarcación, sin velas que la impulsaran, avanzaba velozmente hacia la playa.
Preguntándose qué cosa sería, tres guerreros descendieron de su campamento, mientras el diminuto barquito entraba suavemente en la arena. Ahí estaba; y en el fondo, recos­tada entre mantas de algodón, una pequeña niña sonreía, tendiéndoles sus bracitos cual si les invitara a recogerla-.
Su cuello no llevaba otra vestidura que un caracolito suspendido al cuello con una ca­dena de oro. Al soplo de la brisa marina se deshojaba su cabello que tenía el color de las finas hebras que adornan el maíz.
Entre temor y curiosidad se acercaron los indios; luego, detuvieron el barquito para constatar si era liviano. Uno a otro se hicieron una señal, lo pusieron en los hombros y fueron a comunicar al pueblo y al cacique su precioso hallazgo.

Ni los hechiceros más experimentados supieron adivinar de dónde venía ni quién era. Alguno de ellos se aventuró a decir que sería hija del dios mar... Mientras tanto la niña crecía, andaba libremente, cada día más hermosa como el mar y los hombres que la mimaban.
Po-sor-ja ("espuma de mar"), empezaron a llamarla porque era como el mar grande y misteriosa.
Sin embargo, de tiempo en tiempo, no salía de su choza. Pasaba inmóvil días y días, sirviéndole de asiento la frágil barca en la que llegó navegando de lo desconocido. En los momentos más intensos de meditación, aprisionaba entre sus finos dedos el caracolito de oro; luego le acercaba al oído para escuchar cierta voz familiar que le hablaba desde dentro. Entonces, como cediendo al misterioso mandato de seres invisi­bles, pronunciaba profecías, anunciaba guerras, adelantaba victorias o derrotas exigien­do sacrificios para aplacar a los dioses irritados. Siempre se cumplieron sus palabras.
Fue por este tiempo cuando llegó Atahualpa a la Costa ecuatoriana. Po-sor-ja habíase convertido en una hermosa joven. Ante ella Atahualpa sintió admira­ción y respeto; al conocer que su soberano estaba herido, corrió a traer del bosque ciertas hojas desconocidas con las cuales fue cubriendo las partes lastimadas del mus­lo. Preparó enseguida un jugo de pequeñas frutas rojas que dio a beber al herido» El So­berano sintió que la fiebre disminuía, cayendo en un sueño reparador, mientras la joven le entonaba una canción.
Días después, cuando el futuro Inca se sintió convaleciente, ordenó emprender la mar­cha hacia los baños de Cajamarca.
Por temor no había querido hasta entonces consultar a la hechicera, pero, haciendo un esfuerzo, Atahualpa le habló así:
—Hija de hombre o de dios, quiero saber con seguridad si saldré definitivamente victo­rioso de mi hermano Huáscar y si han de coronarme como soberano del Cuzco—: Po-sor-ja escuchó pensativa, con la vista clavada en el suelo, las palabras del príncipe. Luego, con una sacudida nerviosa, se puso rígida y pálida como la cera. Sólo sus labios se movieron lentamente con estas palabras:
—Hijo del Sol: las venerables sombras de tus mayores te acompañan y próximo está el triunfo; entre el sonar de quipas y atavales entrarás al Cuzco para coronarte con la borla roja de los viejos emperadores
Atahualpa respiró profundo, mientras levantaba la cabeza con orgullo. Con él, sonrieron de satisfacción todo el ejército y sus generales.
Pero, aún no había acabado de hablar la hechicera.
—Sin embargo —continuó—, poco durará tu gloria, porque el destino está escrito y es imposible borrarlo—.
Señaló, entonces, con su fino dedo un gran tambor de guerra que se encontraba próxi­mo. Todos fijaron en él sus miradas y como si este hubiese sido herido por una mano invisible, despidió un ruido lejano y prolongado que hizo encogerse de temor a los guerreros.
Pero, aún faltaba lo peor. No bien se apagó ese misterioso trueno, el tambor fue toman­do un color negro hasta convertirse en tinieblas. Sobre aquel fondo, empezaron a mo­verse unos hombres pequeñitos, que iban acercándose, acercándose, hasta volverse gigantes.
Tenían la cara blanca, adornada con largas barbas negras; cubrían su cuerpo con arma­duras y cascos, nunca antes contemplados. Unos llevaban tubos capaces de vomitar fuego, otros cabalgaban sobre monstruos desconocidos y horribles.
Finalmente apareció la figura de Atahualpa en la gran plaza de Cajamarca; pero no era el inca triunfante y poderoso, sino su cadáver, sucio de polvo y sangre, con los ojos y la lengua afuera y una soga que le apretaba el cuello.
No había junto a él ningún súbdito; sólo a corta distancia esos fantásticos hombres blancos conversando tranquilamente entre ellos. El sol, el Padre Sol, era una enorme bola de sangre que caía velozmente tras los montes, como si huyera de aquella espan­tosa escena.
Un sudor frío recorrió el cuerpo de Atahualpa y quiso levantarse para castigar a esa mujer endemoniada. Inútil esfuerzo; no podía moverse: la tierra le detenía como un imán. La joven recobró su actitud normal; despacio se puso en pie recibiendo los rayos, color de oro, del sol poniente. El viento jugaba con sus cabellos.
— ¡Príncipe sin fortuna!; vosotros todos los que oís esta triste profecía: mi misión sobre la tierra ha terminado. Me vuelvo al lugar de donde vine y al que me están reclamando. ¡Ya son contados los días de los hijos del Sol!—
Abriéndose paso entre los guerreros, corrió hacia el mar; sonriendo penetró en las
aguas y cuando estas le cubrían la cintura, arrancó de su blanco cuello el caracolito de
oro, soplando en él con dulzura. Un agudo silbido que imitaba al chirrido de búho se
dilató en el espacio; una enorme ola nació a su espalda y la hizo desaparecer entre sus
juguetonas espumas.
Leyenda de J. Gabriel Pino Roca

LA CRUZ DEL PATIO DE SAN DIEGO


LOS DOS ENAMORADOS.
Dicen que en el barrio de San Francisco vivía en un lujoso palacio, el único heredero de una rica familia quiteña. Se llamaba Eduardo y llevaba un ¡lustre apellido! Había quedado huérfano cuando apenas comenzaba sus años de juventud y sorprendido por la riqueza que en sus inexpertas manos pusieron sus parientes, dióse  a la ociosidad y buscaba la manera de satisfacer el anhelo de amar.
Una tarde en que regresaba cazando perdices en las faldas del Pichincha, al pasar frente a un huerto donde abundaban los rosales, vio a una niña más hermosa que las flores. Quedó boquiabierto con el oportuno y feliz descubrimiento; luego averiguó en la vecin­dad el nombre de la niña y el de sus íntimos familiares. Dijéronle  que pertenecía a una familia humilde, y que se llamaba Blanca María, añadiendo que era muy apreciada por sus bondadosos sentimientos.
Desde ese venturoso encuentro, el rico heredero, montaba en un hermoso caballo y todas las tardes paseaba alrededor de la pintoresca casita de Blanca María, hasta que consi­guió que pusiera atención a sus frases de amor. Más, la niña le explicó que con el con­sentimiento de sus padres, amaba a un joven pobre como ella, que era escultor y pin­taba maravillosos cuadros. Sin embargo, Eduardo continuaba insistiendo en su amor y no eran pocas las noches que acudía con dulces serenatas a cantar las penas de su corazón enamorado en la puerta de la casa de Blanca María.
LA NOCHE DEL ENCUENTRO.
Y una de aquellas noches, en el momento en que los guitarristas iniciaban una tonada muy popular en ese tiempo, y Eduardo daba golpecitos en la ventana de su hermosa

pretendida, un hombre igualmente joven, alto y con la apariencia de una fuerte muscu­latura, paróse de modo repentino frente al joven rico.
— ¿Me permitirá, le dijo, su merced por un instante?
— ¿Qué deseas?, contestó Eduardo con mucho enojo.
—Apenas una simple explicación, replicó el hombre.
—Pues, déjalo para otro momento que en el actual estoy ocupado, continuó el de la sere­nata en tono altivo.
—Precisamente, he acertado al escoger este momento, que es el más oportuno, pues debe saber que la niña a quien trata de convencer a fuerza de música, tiene los oídos sordos para su merced, y...
— ¿Eres acaso el pintor, su prometido?
—Esa es la verdad. Soy el humilde pintor enamorado de Blanca María. —Y, ¿qué insinúas?
—Que su merced no vuelva más a poner sus pies frente a esta ventana porque los rojos claveles que florecen en los tiestos detrás de sus rejas, son para mí y sólo para mí, y para los extraños se transforman en sangre...
— ¡Caramba! ¡Qué pretensión! ¡Hasta ahora no había visto tunante más bravo!
—Pronto su merced sabrá que no soy un tunante, sino un hombre honrado con paciencia para oír tonterías, pero también con buenos puños para hacerle callar en todos los días de la existencia...
LA PELEA.
— ¡Fuera de aquí insolente, que capaz soy de herirte y manchar mis manos!, exclamó colérico Eduardo.
—Si su merced se dignara apartarse un trecho de sus sirvientes, probaría que es un cobarde que sólo despierta lástima...


— ¡Basta! ¡Qué voy a enseñarte a no interrumpir los actos de un caballero! ¡Sígueme!
Paróse entonces Eduardo en donde el silencio era completo y la luz de un farolillo aclaraba débilmente y propuso:
—Aquí podemos probar tu valor. ¿Quieres pelear a cuchillo? — ¡No acostumbro, porqué me bastan mis puños! — ¡Pues, te espero!
—Golpea tú primero, repuso cambiando de tono el pintor. — ¡Hombre! ¿Con que me tratas como tu igual?
—Ni más ni menos. Para mí, ni siquiera tienes el mérito de haber hecho tu fortuna con tu trabajo, sino que la heredaste. Eres, pues, un hombre simple, ¡como cualquier hombre simple!
—Cállate, insolente, repuso el rico, lanzándose furioso puñal en mano. El pintor rápi­damente esquivó el golpe y con destreza, torcióle la muñeca, haciéndole soltar el arma. Luego, sin perder un instante, cogióle por los brazos y lo estrelló contra las piedras de la calle.
Eduardo quedó tendido en el suelo. Y cuando el pintor se agachó para ver el daño que le había ocasionado, observó con terror que estaba muerto.
EL MONJE DE LAS AVEMARIAS.
El autor del crimen huyó, y fueron inútiles los esfuerzos que las autoridades hicieron para descubrir su escondite. Y pocos meses después de este escándalo, los devotos que acudían a rezar sus plegarias al templo de San Diego, hablaban con frecuencia de un "Avemarías", que abandonaba su celda y caminaba, paso a paso, al centro del patio del convento, postrándose devotamente y quedando inmóvil. Muchos vecinos constataron la verdad de este acontecimiento, pero nadie sabía qué religioso ni qué grave motivo le impulsaba a hacer oración de manera tan misteriosa.
LA TRADICIÓN DE LA CRUZ DEL PATIO DE SAN DIEGO.
Durante varios años el monje siguió cumpliendo severamente su oración; dejábase ver apenas como una tenue sombra, entre la oscuridad de la madrugada.
Pero una mañana las campanas de San Diego tocaron a duelo, llevando en su triste sonido, la noticia de que había terminado la vida el monje de la rara devoción.
Pocos días después, se levantaba una majestuosa cruz de piedra en el lugar donde oraba extrañamente el desconocido religioso.
Se supo entonces que el devoto monje era el pintor que arrepentido de su violencia, pidió amparo a los hijos de San Francisco de Asís, y, cuando acudía al patio del con­vento al toque de las Avemarías, cumplía la dura penitencia impuesta por su confesor. Se añade que en largos años que pasó observando santamente ejemplar recogimiento, pintó numerosos y magníficos cuadros, para que después de su muerte, una cruz de piedra sea la que invite a sus compañeros de la Orden Franciscana a que recen dia­riamente por su salvación.